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JUAN PABLO II
«REDEMPTORIS MISSIO»
SOBRE LA PERMANENTE VALIDEZ DEL MANDATO MISIONERO
12 de Julio de 1990
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BENDICIÓN
Venerables Hermanos y amadísimos Hijos:
¡Salud y Bendición Apostólica! |
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INTRODUCCIÓN
1. La misión de Cristo Redentor,
confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del
segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad
demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que
debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es
el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios:
« Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más
bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi si no predicara el
Evangelio! »(1 Cor 9, 16).
En nombre de toda la Iglesia,
siento imperioso el deber de repetir este grito de san Pablo. Desde el
comienzo de mi pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los
últimos confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud
misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos que
desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia de tal
actividad a la cual dedico la presente Encíclica.
El Concilio Vaticano II ha
querido renovar la vida y la actividad de la Iglesia según las
necesidades del mundo contemporáneo; ha subrayado su « índole
misionera », basándola dinámicamente en la misma misión trinitaria. El
impulso misionero pertenece, pues, a la naturaleza íntima de la vida
cristiana e inspira también el ecumenismo: « Que todos sean uno ...
para que el mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17, 21).
2. Muchos son ya los frutos
misioneros del Concilio: se han multiplicado las Iglesias locales
provistas de Obispo, clero y personal apostólico propios; se va
logrando una inserción más profunda de las comunidades cristianas en
la vida de los pueblos; la comunión entre las Iglesias lleva a un
intercambio eficaz de bienes y dones espirituales; la labor
evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial; las
Iglesias particulares se muestran abiertas al encuentro, al diálogo y
a la colaboración con los miembros de otras Iglesias cristianas y de
otras religiones. Sobre todo, se está afianzando una conciencia nueva:
la misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y
parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales.
No obstante, en esta « nueva
primaveras del cristianismo no se puede dejar oculta una tendencia
negativa, que este Documento quiere contribuir a superar: la misión
específica ad gentes parece que se va parando, no ciertamente
en sintonía con las indicaciones del Concilio y del Magisterio
posterior. Dificultades internas y externas han debilitado el impulso
misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho
que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo. En efecto, en la
historia de la Iglesia, este impulso misionero ha sido siempre signo
de vitalidad , así como su disminución es signo de una crisis de fe.1
A los veinticinco años de la
clausura del Concilio y de la publicación del Decreto sobre la
actividad misionera Ad gentes y a los quince de la Exhortación
apostólica Evangelii nuntiandi, del Papa Pablo VI, quiero
invitar a la Iglesia a un renovado compromiso misionero,
siguiendo al respecto el Magisterio de mis predecesores.2
El presente Documento se propone una finalidad interna: la renovación
de la fe y de la vida cristiana. En efecto, la misión renueva la
Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo
y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva
evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo
en el compromiso por la misión universal.
Pero lo que más me mueve a
proclamar la urgencia de la evangelización misionera es que ésta
constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada
hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está
conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de
las realidades últimas y de la misma existencia. « Cristo Redentor —he
escrito en mi primera Encíclica— revela plenamente el hombre al mismo
hombre. El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo
... debe ... acercarse a Cristo. La Redención llevada a cabo por medio
de la cruz ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el
sentido de su existencia en el mundo ».3
No faltan tampoco otras
motivaciones y finalidades, como responder a las numerosas peticiones
de un documento de esta índole; disipar dudas y ambigüedades sobre la
misión ad gentes, confirmando así en su entrega a los
beneméritos hombres y mujeres dedicados a la actividad misionera y a
cuantos les ayudan; promover las vocaciones misioneras; animar a los
teólogos a profundizar y exponer sistemáticamente los diversos
aspectos de la misión; dar nuevo impulso a la misión propiamente
dicha, comprometiendo a las Iglesias particulares, especialmente las
jóvenes, a mandar y recibir misioneros; asegurar a los no cristianos
y, de manera especial, a las autoridades de los países a los que se
dirige la actividad misionera, que ésta tiene como único fin servir al
hombre, revelándole el amor de Dios que se ha manifestado en
Jesucristo.
3. ¡Pueblos todos, abrid las
puertas a Cristo! Su Evangelio no resta nada a la libertad humana,
al debido respeto de las culturas, a cuanto hay de bueno en cada
religión. Al acoger a Cristo, os abrís a la Palabra definitiva de
Dios, a aquel en quien Dios se ha dado a conocer plenamente y a quien
el mismo Dios nos ha indicado como camino para llegar hasta él.
El número de los que aún no
conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente;
más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta
humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su
propio Hijo, es patente la urgencia de la misión.
Por otra parte, nuestra época
ofrece en este campo nuevas ocasiones a la Iglesia: la caída de
ideologías y sistemas políticos opresores; la apertura de fronteras y
la configuración de un mundo más unido, merced al incremento de los
medios de comunicación; el afianzarse en los pueblos los valores
evangélicos que Jesús encarnó en su vida (paz, justicia, fraternidad,
dedicación a los más necesitados); un tipo de desarrollo económico y
técnico falto de alma que, no obstante, apremia a buscar la verdad
sobre Dios, sobre el hombre y sobre el sentido de la vida.
Dios abre a la Iglesia horizontes
de una humanidad más preparada para la siembra evangélica. Preveo que
ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la
nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente
en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber
supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos. |
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CAPÍTULO I - JESUCRISTO ÚNICO SALVADOR
4. El cometido fundamental de la Iglesia en todas
las épocas y particularmente en la nuestra —como recordaba en mi
primera Encíclica programática— es « dirigir la mirada del hombre,
orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el
misterio de Cristo ».4
La misión universal de la Iglesia nace de la fe
en Jesucristo, tal como se expresa en la profesión de fe trinitaria: «
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del
Padre antes de todos los siglos... Por nosotros, los hombres, y por
nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se
encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre ».5
En el hecho de la Redención está la salvación de todos, « porque cada
uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno
Cristo se ha unido, para siempre, por medio de este misterio ».6
Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión.
No obstante, debido también a los cambios
modernos y a la difusión de nuevas concepciones teológicas, algunos se
preguntan: ¿Es válida aún la misión entre los no cristianos? ¿No ha
sido sustituida quizás por el diálogo interreligioso? ¿No es un
objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de la conciencia y
de la libertad ¿no excluye toda propuesta de conversión? ¿No puede uno
salvarse en cualquier religión? ¿Para qué, entonces, la misión?
« Nadie va al Padre sino por mí » (Jn 14,
6)
5. Remontándonos a los orígenes de la Iglesia,
vemos afirmado claramente que Cristo es el único Salvador de la
humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia
Dios. A las autoridades religiosas judías que interrogan a los
Apóstoles sobre la curación del tullido realizada por Pedro, éste
responde: « Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros
crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su
nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de
vosotros... Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres
por el que nosotros debamos salvarnos » (Act 4, 10. 12). Esta
afirmación, dirigida al Sanedrín, asume un valor universal, ya que
para todos —judíos y gentiles— la salvación no puede venir más que de
Jesucristo.
La universalidad de esta salvación en Cristo es
afirmada en todo el Nuevo Testamento San Pablo reconoce en Cristo
resucitado al Señor: « Pues —escribe él— aun cuando se les dé el
nombre de dioses, bien en el cielo, bien en la tierra, de forma que
hay multitud de dioses y señores, para nosotros no hay más que un solo
Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual
somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y
por el cual somos nosotros » (1 Cor 8, 5-6). Se confiesa
a un único Dios y a un único Señor en contraste con la multitud de «
dioses » y « señores » que el pueblo admitía. Pablo reacciona contra
el politeísmo del ambiente religioso de su tiempo y pone de relieve la
característica de la fe cristiana: fe en un solo Dios y en un solo
Señor, enviado por Dios.
En el Evangelio de san Juan esta universalidad
salvífica de Cristo abarca los aspectos de su misión de gracia, de
verdad y de revelación: « La Palabra es la luz verdadera que ilumina a
todo hombre » (cf. Jn 1, 9). Y añade: « A Dios nadie lo ha
visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha
revelado » (Jn 1, 18; cf. Mt 11, 27). La revelación de
Dios se hace definitiva y completa por medio de su Hijo unigénito: «
Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros
Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha
hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por
quien también hizo los mundos » (Heb 1, 1-2; cf. Jn 14,
6). En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a
conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es.
Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental
por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar
de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios
nos ha dado a conocer sobre sí mismo.
Cristo es el único mediador entre Dios y los
hombres: « Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre
Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí
mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo
oportuno, y de este testimonio —digo la verdad, no miento— yo he sido
constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en la fe y en
la verdad » (1 Tim 2, 5-7; cf. Heb 4, 14-16). Los
hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por
medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya
única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es
la via establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena
conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de
cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor
únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como
paralelas y complementarias
6. Es contrario a la fe cristiana introducir
cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo. San Juan afirma
claramente que el Verbo, que « estaba en el principio con Dios », es
el mismo que « se hizo carne » (Jn 1, 2.14). Jesús es el Verbo
encarnado, una sola persona e inseparable: no se puede separar a Jesús
de Cristo, ni hablar de un « Jesús de la historia », que sería
distinto del « Cristo de la fe ». La Iglesia conoce y confiesa a Jesús
como « el Cristo, el Hijo de Dios vivo » (Mt 16, 16).
Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho
hombre para la salvación de todos. En Cristo « reside toda la plenitud
de la divinidad corporalmente » (Col 2, 9) y « de su plenitud
hemos recibido todos » (Jn 1, 16). El « Hijo único, que está en
el seno del Padre » (Jn 1, 18), es el « Hijo de su amor, en
quien tenemos la redención. Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él
toda la plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y
en los cielos » (Col 1, 13-14.19-20). Es precisamente
esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado
absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el
centro y el fin de la misma:
7 « Yo soy el Alfa y la
Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin » (Ap
22, 13).
Si, pues, es lícito y útil considerar los
diversos aspectos del misterio de Cristo, no se debe perder nunca de
vista su unidad. Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de
todas clases, sobre todo las riquezas espirituales, que Dios ha
concedido a cada pueblo, no podemos disociarlos de Jesucristo, centro
del plan divino de salvación. Así como « el Hijo de Dios con su
encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre », así
también « debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, en forma sólo de Dios conocida, se asocien a este
misterio pascual ».8
El designio divino es « hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo
que está en los cielos y lo que está en la tierra » (Ef 1, 10).
La fe en Cristo es una propuesta a la
libertad del hombre
7. La urgencia de la actividad misionera brota de
la radical novedad de vida, traída por Cristo y vivida por sus
discípulos. Esta nueva vida es un don de Dios, y al hombre se le pide
que lo acoja y desarrolle, si quiere realizarse según su vocación
integral, en conformidad con Cristo. El Nuevo Testamento es un himno a
la vida nueva para quien cree en Cristo y vive en su Iglesia. La
salvación en Cristo, atestiguada y anunciada por la Iglesia, es
autocomunicación de Dios: « Es el amor, que no sólo crea el bien, sino
que hace participar en la misma vida de Dios: Padre, Hijo y Espíritu
Santo. En efecto, el que ama desea darse a sí mismo ».9
Dios ofrece al hombre esta vida nueva: ¿Se puede
rechazar a Cristo y todo lo que él ha traído a la historia del hombre?
Ciertamente es posible. El hombre es libre. El hombre puede decir no a
Dios. El hombre puede decir no a Cristo. Pero sigue en pie la pregunta
fundamental. ¿Es licito hacer esto? ¿Con qué fundamento es licito? ».10
8. En el mundo moderno hay tendencia a reducir el
hombre a una mera dimensión horizontal. Pero ¿en qué se convierte el
hombre sin apertura al Absoluto? La respuesta se halla no sólo en la
experiencia de cada hombre, sino también en la historia de la
humanidad con la sangre derramada en nombre de ideologías y de
regímenes políticos que han querido construir una « nueva humanidad »
sin Dios.11
Por lo demás, a cuantos están preocupados por
salvar la libertad de conciencia, dice el Concilio Vaticano II: « La
persona humana tiene derecho a la libertad religiosa ... todos los
hombres han de estar inmunes de coacción por parte de personas
particulares, como de grupos sociales y de cualquier potestad humana,
y esto de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a
obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella
en privado y en público, solo o asociado con otros dentro de los
limites debidos ».12
El anuncio y el testimonio de Cristo, cuando se
llevan a cabo respetando las conciencias, no violan la libertad. La fe
exige la libre adhesión del hombre, pero debe ser propuesta, pues «
las multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de
Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar,
con insospechada plenitud , todo lo que busca a tientas acerca de
Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la
verdad. Por eso, la Iglesia mantiene vivo su empuje misionero e
incluso desea intensificarlo en un momento histórico como el nuestro
».13
Hay que decir también con palabras del Concilio que: « Todos los
hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados
de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una
responsabilidad personal, tienen la obligación moral de buscar la
verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados,
asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida
según las exigencias de la verdad ».14
La Iglesia, signo e instrumento de
salvación
9. La primera beneficiaria de la salvación es la
Iglesia. Cristo la ha adquirido con su sangre (cf. Act 20, 28)
y la ha hecho su colaboradora en la obra de la salvación universal. En
efecto, Cristo vive en ella; es su esposo; fomenta su crecimiento; por
medio de ella cumple su misión.
El Concilio ha reclamado ampliamente el papel de
la Iglesia para la salvación de la humanidad. A la par que reconoce
que Dios ama a todos los hombres y les concede la posibilidad de
salvarse (cf. 1 Tim 2, 4),15
la Iglesia profesa que Dios ha constituido a Cristo como único
mediador y que ella misma ha sido constituida como sacramento
universal de salvación.16
« Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de
Dios, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los
fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos
los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios
».17
Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la
posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la
necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación. Ambas
favorecen la comprensión del único misterio salvífico, de
manera que se pueda experimentar la misericordia de Dios y nuestra
responsabilidad. La salvación, que siempre es don del Espíritu, exige
la colaboración del hombre para salvarse tanto a sí mismo como a los
demás. Así lo ha querido Dios, y para esto ha establecido y asociado a
la Iglesia a su plan de salvación: « Ese pueblo mesiánico —afirma el
Concilio— constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de
caridad y de verdad, es empleado también por él como instrumento de la
redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y
sal de la tierra ».18
La salvación es ofrecida a todos los
hombres
10. La universalidad de la salvación no significa
que se conceda solamente a los que, de modo explícito, creen en Cristo
y han entrado en la Iglesia. Si es destinada a todos, la salvación
debe estar en verdad a disposición de todos. Pero es evidente que,
tanto hoy como en el pasado, muchos hombres no tienen la posibilidad
de conocer o aceptar la revelación del Evangelio y de entrar en la
Iglesia. Viven en condiciones socioculturales que no se lo permiten y,
en muchos casos, han sido educados en otras tradiciones religiosas.
Para ellos, la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia
que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les
introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada
en su situación interior y ambiental Esta gracia proviene de Cristo;
es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo:
ella permite a cada uno llegar a la salvación mediante su libre
colaboración.
Por esto mismo, el Concilio, después de haber
afirmado la centralidad del misterio pascual, afirma: « Esto vale no
solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de
buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible.
Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad
es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el
Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de
sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual ».19
« Nosotros no podemos menos de hablar »
(Act 4, 20)
11. ¿Qué decir, pues, de las objeciones ya
mencionadas sobre la misión ad gentes? Con pleno respeto de
todas las creencias y sensibilidades, ante todo debemos afirmar con
sencillez nuestra fe en Cristo, único salvador del hombre; fe recibida
como un don que proviene de lo Alto, sin mérito por nuestra parte.
Decimos con san Pablo: « No me avergüenzo del Evangelio, que es una
fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree » (Rom 1,
16). Los mártires cristianos de todas las épocas —también los de la
nuestra— han dado y siguen dando la vida por testimoniar ante los
hombres esta fe, convencidos de que cada hombre tiene necesidad de
Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte, y ha reconciliado a
los hombres con Dios.
Cristo se ha proclamado Hijo de Dios, íntimamente
unido al Padre, y, como tal, ha sido reconocido por los discípulos,
confirmando sus palabras con los milagros y su resurrección. La
Iglesia ofrece a los hombres el Evangelio, documento profético, que
responde a las exigencias y aspiraciones del corazón humano y que es
siempre « Buena Nueva ». La Iglesia no puede dejar de proclamar que
Jesús, vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y
la resurrección, la salvación para todos los hombres.
A la pregunta ¿Para qué la misión?
respondemos con la fe y la esperanza de la Iglesia: abrirse al amor de
Dios es la verdadera liberación. En él, sólo en él, somos liberados de
toda forma de alienación y extravío, de la esclavitud del poder del
pecado y de la muerte. Cristo es verdaderamente « nuestra paz » (Ef
2, 14), y « el amor de Cristo nos apremia » (2 Cor 5, 14),
dando sentido y alegría a nuestra vida. La misión es un problema de
fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por
nosotros.
La tentación actual es la de reducir el
cristianismo a una sabiduría meramente humanas, casi como una ciencia
del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una «
gradual secularización de la salvación », debido a lo cual se lucha
ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido
a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús
vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a
todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la
filiación divina.
¿Por qué la misión? Porque a nosotros,
como a san Pablo, « se nos ha concedido la gracia de anunciar a los
gentiles las inescrutables riquezas de Cristo » (Ef 3, 8). La
novedad de vida en él es la « Buena Nueva » para el hombre de todo
tiempo: a ella han sido llamados y destinados todos los hombres. De
hecho, todos la buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el
derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo.
La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar
para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser
comunicadas a todos los hombres.
He ahí por qué la misión, además de provenir del
mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida
de Dios en nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de
considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en
testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos
y respuesta debida a Dios, recordando que « su excelente condición no
deben atribuirla a los méritos propios sino a una gracia singular de
Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra y obra,
lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad ».20
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CAPÍTULO II - EL REINO DE DIOS
12. « Dios rico en misericordia es el que
Jesucristo nos ha revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí
mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho conocer ».21
Escribía esto al comienzo de la Encíclica Dives in Misericordia,
mostrando cómo Cristo es la revelación y la encarnación de la
misericordia del Padre. La salvación consiste en creer y acoger el
misterio del Padre y de su amor, que se manifiesta y se da en Jesús
mediante el Espíritu. Así se cumple el Reino de Dios, preparado ya por
la Antigua Alianza, llevado a cabo por Cristo y en Cristo, y anunciado
a todas las gentes por la Iglesia, que se esfuerza y ora para que
llegue a su plenitud de modo perfecto y definitivo.
El Antiguo Testamento atestigua que Dios ha
escogido y formado un pueblo para revelar y llevar a cabo su designio
de amor. Pero, al mismo tiempo, Dios es Creador y Padre de todos los
hombres se cuida de todos, a todos extiende su bendición (cf. Gén
12, 3) y con todos hace una alianza -Gén 9, 1-17). Israel
tiene experiencia de un Dios personal y salvador (cf. Dt 4, 37;
7, 6-8; Is 43, 1-7), del cual se convierte en testigo y
portavoz en medio de las naciones. A lo largo de la propia historia,
Israel adquiere conciencia de que su elección tiene un significado
universal (cf. por ejemplo Is 2, 2-5; 6-8; 60, 1-6; Jer
3, 17; 16, 19.
Cristo hace presente el Reino
13. Jesús de Nazaret lleva a cumplimiento el plan
de Dios. Después de haber recibido el Espíritu Santo en el bautismo,
manifiesta su vocación mesiánica: recorre Galilea proclamando « la
Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca;
convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc 1, 14-15; cf. Mt
4, 17; Lc 4, 43). La proclamación y la instauración del
Reino de Dios son el objeto de su misión: « Porque a esto he sido
enviado » (Lc 4, 43). Pero hay algo más: Jesús en persona es la
« Buena Nueva », como él mismo afirma al comienzo de su misión en la
sinagoga de Nazaret, aplicándose las palabras de Isaías relativas al
Ungido, enviado por el Espíritu del Señor (cf. Lc. 4, 14-21).
Al ser él la « Buena Nueva », existe en Cristo plena identidad entre
mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser. Su fuerza, el
secreto de la eficacia de su acción consiste en la identificación
total con el mensaje que anuncia; proclama la « Buena Nueva » no sólo
con lo que dice o hace, sino también con lo que es.
El ministerio de Jesús se describe en el contexto
de los viajes por su tierra. La perspectiva de la misión antes de la
Pascua se centra en Israel; sin embargo, Jesús nos ofrece un elemento
nuevo de capital importancia. La realidad escatológica no se aplaza
hasta un fin remoto del mundo, sino que se hace próxima y comienza a
cumplirse. « El Reino de Dios está cerca » (Mc 1, 15); se ora
para que venga (cf. Mt 6, 10); la fe lo ve ya presente
en los signos, como los milagros (cf. Mt 11, 4-5), los
exorcismos (cf. Mt 12, 25-28), la elección de los Doce (cf.
Mc 3, 13-19), el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc
4, 18). En los encuentros de Jesús con los paganos se ve con
claridad que la entrada en el Reino acaece mediante la fe y la
conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por la mera pertenencia étnica.
El Reino que inaugura Jesús es el Reino de Dios;
él mismo nos revela quién es este Dios al que llama con el término
familiar « Abba », Padre (Mc 14, 36). El Dios revelado sobre
todo en las parábolas (cf. Lc 15, 3-32; Mt 20, 1-16) es
sensible a las necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un
Padre amoroso y lleno de compasión, que perdona y concede
gratuitamente las gracias pedidas.
San Juan nos dice que « Dios es Amor » (1 Jn
4, 8. 16). Todo hombre, por tanto, es invitado a « convertirse » y «
creer » en el amor misericordioso de Dios por él; el Reino crecerá en
a medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre
en la intimidad de la oración (cf. Lc 11, 2; Mt 23, 9),
y se esfuerce en cumplir su voluntad (cf. Mt 7, 21).
Características y exigencias del Reino
14. Jesús revela progresivamente las
características y exigencias del Reino mediante sus palabras, sus
obras y su persona.
El Reino está destinado a todos los hombres, dado
que todos son llamados a ser sus miembros. Para subrayar este aspecto,
Jesús se ha acercado sobre todo a aquellos que estaban al margen de la
sociedad, dándoles su preferencia, cuando anuncia la « Buena Nueva ».
Al comienzo de su ministerio proclama que ha sido « enviado a anunciar
a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). A todas las víctimas
del rechazo y del desprecio Jesús les dice: « Bienaventurados los
pobres » (Lc 6, 20). Además, hace vivir ya a estos marginados
una experiencia de liberación, estando con ellos y yendo a comer con
ellos (cf. Lc 5, 30; 15, 2), tratándoles como a iguales y
amigos (cf. Lc 7, 34), haciéndolos sentirse amados por Dios y
manifestando así su inmensa ternura hacia los necesitados y los
pecadores (cf. Lc 15, 1-32).
La liberación y la salvación que el Reino de Dios
trae consigo alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física
como espiritual. Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: curar y
perdonar. Las numerosas curaciones demuestran su gran compasión ante
la miseria humana, pero significan también que en el Reino ya no habrá
enfermedades ni sufrimientos y que su misión, desde el principio,
tiende a liberar de todo ello a las personas. En la perspectiva de
Jesús, las curaciones son también signo de salvación espiritual, de
liberación del pecado. Mientras cura, Jesús invita a la fe, a la
conversión, al deseo de perdón (cf. Lc 5, 24). Recibida la fe,
la curación anima a ir más lejos: introduce en la salvación (cf. Lc
18, 42-43). Los gestos liberadores de la posesión del demonio, mal
supremo y símbolo del pecado y de la rebelión contra Dios, son signos
de que « ha llegado a vosotros el Reino de Dios » (Mt 12, 28).
15. El Reino tiende a transformar las relaciones
humanas y se realiza progresivamente, a medida que los hombres
aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente. Jesús se
refiere a toda la ley, centrándola en el mandamiento del amor (cf.
Mt 22, 34-40); Lc 10, 25-28). Antes de dejar a los suyos
les da un « mandamiento nuevo »: « Que os améis los unos a los otros
como yo os he amado » (Jn 15, 12; cf. 13, 34). El amor con el
que Jesús ha amado al mundo halla su expresión suprema en el don de su
vida por los hombres (cf. Jn 15, 13), manifestando así el amor
que el Padre tiene por el mundo (cf. Jn 3, 16). Por tanto la
naturaleza del Reino es la comunión de todos los seres humanos entre
sí y con Dios.
El Reino interesa a todos: a las personas, a
sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir
reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la
historia humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar
por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de
Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación
en toda su plenitud.
En el Resucitado, llega a su cumplimiento y
es proclamado el Reino de Dios
16. Al resucitar Jesús de entre los muertos Dios
ha vencido la muerte y en él ha inaugurado definitivamente su Reino.
Durante su vida terrena Jesús es el profeta del Reino y, después de su
pasión, resurrección y ascensión al cielo, participa del poder de Dios
y de su dominio sobre el mundo (cf. Mt 28, 18; Act 2,
36; Ef 1, 18-31). La resurrección confiere un alcance universal
al mensaje de Cristo, a su acción y a toda su misión. Los discípulos
se percatan de que el Reino ya está presente en la persona de Jesús y
se va instaurando paulatinamente en el hombre y en el mundo a través
de un vínculo misterioso con él.
En efecto, después de la resurrección ellos
predicaban el Reino, anunciando a Jesús muerto y resucitado. Felipe
anunciaba en Samaría « la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de
Jesucristo » (Act 8, 12). Pablo predicaba en Roma el Reino de
Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo (cf. Act 28,
31).
También los primeros cristianos anunciaban « el
Reino de Cristo y de Dios » (Ef 5, 5; cf. Ap 11, 15; 12,
10) o bien « el Reino eterno de nuestro Señor Jesucristo » (2
Pe 1, 11). Es en el anuncio de Jesucristo, con el que el
Reino se identifica, donde se centra la predicación de la Iglesia
primitiva. Al igual que entonces, hoy también es necesario unir el
anuncio del Reino de Dios (el contenido del « kerigma » de
Jesús) y la proclamación del evento de Jesucristo (que es el «
kerigma » de los Apóstoles). Los dos anuncios se completan y se
iluminan mutuamente.
El Reino con relación a Cristo y a la
Iglesia
17. Hoy se habla mucho del Reino, pero no siempre
en sintonía con el sentir de la Iglesia. En efecto, se dan
concepciones de la salvación y de la misión que podemos llamar «
antropocéntricas », en el sentido reductivo del término, al estar
centradas en torno a las necesidades terrenas del hombre. En esta
perspectiva el Reino tiende a convertirse en una realidad plenamente
humana y secularizada, en la que sólo cuentan los programas y luchas
por la liberación socioeconómica, política y también cultural, pero
con unos horizontes cerrados a lo trascendente. Aun no negando que
también a ese nivel haya valores por promover, sin embargo tal
concepción se reduce a los confines de un reino del hombre, amputado
en sus dimensiones auténticas y profundas, y se traduce fácilmente en
una de las ideologías que miran a un progreso meramente terreno. El
Reino de Dios, en cambio, « no es de este mundo, no es de aquí » (Jn
18, 36).
Se dan además determinadas concepciones que,
intencionadamente, ponen el acento sobre el Reino y se presentan como
« reinocéntricas », las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia
que no piensa en si misma, sino que se dedica a testimoniar y servir
al Reino. Es una « Iglesia para los demás », —se dice— como « Cristo
es el hombre para los demás ». Se describe el cometido de la Iglesia,
como si debiera proceder en una doble dirección; por un lado,
promoviendo los llamados « valores del Reino », cuales son la paz, la
justicia, la libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el
diálogo entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que,
enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a caminar
cada vez más hacia el Reino.
Junto a unos aspectos positivos, estas
concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en
silencio a Cristo: el Reino, del que hablan, se basa en un «
teocentrismo », porque Cristo —dicen— no puede ser comprendido por
quien no profesa la fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y
religiones diversas pueden coincidir en la única realidad divina,
cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio
al misterio de la creación, que se refleja en la diversidad de
culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el misterio de la
redención. Además el Reino, tal como lo entienden, termina por
marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto «
eclesiocentrismo » del pasado y porque consideran a la Iglesia misma
sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad.
18. Ahora bien, no es éste el Reino de Dios que
conocemos por la Revelación, el cual no puede ser separado ni de
Cristo ni de la Iglesia.
Como ya queda dicho, Cristo no sólo ha anunciado
el Reino, sino que en él el Reino mismo se ha hecho presente y ha
llegado a su cumplimiento: « Sobre todo, el Reino se manifiesta en la
persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino "a
servir y a dar su vida para la redención de muchos" (Mc 10, 45)
».22
El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto
a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que
tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios
invisible.23
Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no existe ya el reino de
Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el
significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en
un objetivo puramente humano o ideológico— como la identidad de
Cristo, que no aparece ya como el Señor, al cual debe someterse todo
(cf. 1 Cor l5,27).
Asimismo, el Reino no puede ser separado de la
Iglesia. Ciertamente, ésta no es fin para sí misma, ya que está
ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento.
Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está
indisolublemente unida a ambos. Cristo ha dotado a la Iglesia, su
Cuerpo, de la plenitud de los bienes y medios de salvación; el
Espíritu Santo mora en ella, la vivifica con sus dones y carismas, la
santifica, la guía y la renueva sin cesar.24
De ahí deriva una relación singular y única que, aunque no excluya la
obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de
la Iglesia, le confiere un papel específico y necesario. De ahí
también el vínculo especial de la Iglesia con el Reino de Dios y de
Cristo, dado que tiene « la misión de anunciarlo e instaurarlo en
todos los pueblos ».25
19. Es en esta visión de conjunto donde se
comprende la realidad del Reino. Ciertamente, éste exige la promoción
de los bienes humanos y de los valores que bien pueden llamarse «
evangélicos », porque están íntimamente unidos a la Buena Nueva. Pero
esta promoción, que la Iglesia siente también muy dentro de sí, no
debe separarse ni contraponerse a los otros cometidos fundamentales,
como son el anuncio de Cristo y de su Evangelio, la fundación y el
desarrollo de comunidades que actúan entre los hombres la imagen viva
del Reino. Con esto no hay que tener miedo a caer en una forma de «
eclesiocentrismo ». Pablo VI, que afirmó la existencia de « un vínculo
profundo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización »,26
dijo también que la Iglesia « no es fin para sí misma, sino
fervientemente solícita de ser toda de Cristo, en Cristo y para
Cristo, y toda igualmente de los hombres, entre los hombres y para los
hombres ».27
La Iglesia al servicio del Reino
20. La Iglesia está efectiva y concretamente al
servicio del Reino. Lo está, ante todo, mediante el anuncio que llama
a la conversión; éste es el primer y fundamental servicio a la venida
del Reino en las personas y en la sociedad humana. La salvación
escatológica empieza, ya desde ahora, con la novedad de vida en
Cristo: « A todos los que la recibieron les dio el poder de hacerse
hijos de Dios, a los que creen en su nombre » (Jn 1, 12).
La Iglesia, pues, sirve al Reino, fundando
comunidades e instituyendo Iglesias particulares, llevándolas a la
madurez de la fe y de la caridad, mediante la apertura a los demás,
con el servicio a la persona y a la sociedad, por la comprensión y
estima de las instituciones humanas.
La Iglesia, además, sirve al Reino difundiendo en
el mundo los « valores evangélicos », que son expresión de ese Reino y
ayudan a los hombres a acoger el designio de Dios. Es verdad, pues,
que la realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de
los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta
viva los « valores evangélicos » y esté abierta a la acción del
Espíritu que. sopla donde y como quiere (cf. Jn 3, 8); pero
además hay que decir que esta dimensión temporal del Reino es
incompleta, si no está en coordinación con el Reino de Cristo,
presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica.28
Las múltiples perspectivas del Reino de Dios
29
no debilitan los fundamentos y las finalidades de la actividad
misionera, sino que los refuerzan y propagan. La Iglesia, es
sacramento de salvación para toda la humanidad y su acción no se
limita a los que aceptan su mensaje. Es fuerza dinámica en el camino
de la humanidad hacia el Reino escatológico; es signo y a la vez
promotora de los valores evangélicos entre los hombres.30
La Iglesia contribuye a este itinerario de conversión al proyecto de
Dios, con su testimonio y su actividad, como son el diálogo, la
promoción humana, el compromiso por la justicia y la paz, la
educación, el cuidado de los enfermos, la asistencia a los pobres y a
los pequeños, salvaguardando siempre la prioridad de las realidades
trascendentes y espirituales, que son premisas de la salvación
escatológica.
La Iglesia, finalmente, sirve también al Reino
con su intercesión, al ser éste por su naturaleza don y obra de Dios,
como recuerdan las parábolas del Evangelio y la misma oración enseñada
por Jesús. Nosotros debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo crecer dentro
de nosotros; pero también debemos cooperar para que el Reino sea
acogido y crezca entre los hombres, hasta que Cristo « entregue a Dios
Padre el Reino » y « Dios sea todo en todo » (1 Cor 15,
24.28).
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CAPÍTULO III - EL ESPÍRITU SANTO PROTAGONISTA DE LA MISIÓN
21. « En el momento culminante de la misión
mesiánica de Jesús, el Espíritu Santo se hace presente en el misterio
pascual con toda su subjetividad divina: como el que debe continuar la
obra salvífica, basada en el sacrificio de la cruz. Sin duda esta obra
es encomendada por Jesús a los hombres: a los Apóstoles y a la
Iglesia. Sin embargo, en estos hombres y por medio de ellos, el
Espíritu Santo sigue siendo el protagonista trascendente de la
realización de esta obra en el espíritu del hombre y en la historia
del mundo ».31
El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de
toda la misión eclesial; su obra resplandece de modo eminente en la
misión ad gentes, como se ve en la Iglesia primitiva por la conversión
de Cornelio (cf. Act 10), por las decisiones sobre los
problemas que surgían (cf. Act 15), por la elección de
los territorios y de los pueblos (cf. Act 16, 6 ss). El
Espíritu actúa por medio de los Apóstoles, pero al mismo tiempo actúa
también en los oyentes: « Mediante su acción, la Buena Nueva toma
cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos y se difunde en
la historia. En todo está el Espíritu Santo que da la vida »
32
El envío « hasta los confines de la tierra
» (Act1, 8)
22. Todos los evangelistas, al narrar el
encuentro del Resucitado con los Apóstoles, concluyen con el mandato
misional: « Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes. Sabed que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 18-20;
cf. Mc 16, 15-18; Lc 24, 46-49; Jn 20, 21-23).
Este envío es envío en el Espíritu, como
aparece claramente en el texto de san Juan: Cristo envía a los suyos
al mundo, al igual que el Padre le ha enviado a él y por esto les da
el Espíritu. A su vez, Lucas relaciona estrictamente el testimonio que
los Apóstoles deberán dar de Cristo con la acción del Espíritu, que
les hará capaces de llevar a cabo el mandato recibido.
23. Las diversas formas del « mandato misionero »
tienen puntos comunes y también acentuaciones características. Dos
elementos, sin embargo, se hallan en todas las versiones. Ante todo,
la dimensión universal de la tarea confiada a los Apóstoles: « A todas
las gentes » (Mt 28, 19); « por todo el mundo ... a toda la
creación » (Mc 16, 15); « a todas las naciones » (Act
1, 8). En segundo lugar, la certeza dada por el Señor de
que en esa tarea ellos no estarán solos, sino que recibirán la fuerza
y los medios para desarrollar su misión. En esto está la presencia y
el poder del Espíritu, y la asistencia de Jesús: « Ellos salieron a
predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos » (Mc
16, 20).
En cuanto a las diferencias de acentuación en el
mandato, Marcos presenta la misión como proclamación o Kerigma:
« Proclaman la Buena Nueva » (Mc 16, 15). Objetivo del
evangelista es guiar a sus lectores a repetir la confesión de Pedro: «
Tú eres el Cristo » (Mc 8, 29) y proclamar, como el
Centurión romano delante de Jesús muerto en la cruz: « Verdaderamente
este hombre era Hijo de Dios » (Mc 15, 39). En Mateo el acento
misional está puesto en la fundación de la Iglesia y en su enseñanza
(cf. Mt 28, 19-20; 16, 18). En él, pues, este mandato pone de
relieve que la proclamación del Evangelio debe ser completada por una
específica catequesis de orden eclesial y sacramental. En Lucas, la
misión se presenta como testimonio (cf. Lc 24, 48; Act
1, 8), cuyo objeto ante todo es la resurrección (cf. Act 1,
22). El misionero es invitado a creer en la fuerza
transformadora del Evangelio y a anunciar lo que tan bien describe
Lucas, a saber, la conversión al amor y a la misericordia de Dios, la
experiencia de una liberación total hasta la raíz de todo mal, el
pecado.
Juan es el único que habla explícitamente de «
mandato » —palabra que equivale a « misión »— relacionando
directamente la misión que Jesús confía a sus discípulos con la que él
mismo ha recibido del Padre: « Como el Padre me envió, también yo os
envío » (Jn 20, 21). Jesús dice, dirigiéndose al Padre: « Como
tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo » (Jn
17, 18). Todo el sentido misionero del Evangelio de Juan está
expresado en la « oración sacerdotal »: « Esta es la vida eterna: que
te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tu has enviado
Jesucristo » (Jn 17, 3). Fin último de la misión es hacer
participes de la comunión que existe entre el Padre y el Hijo: los
discípulos deben vivir la unidad entre sí , permaneciendo en el Padre
y en el Hijo, para que el mundo conozca y crea (cf. Jn 17,
21-23). Es éste un significativo texto misionero que nos hace entender
que se es misionero ante todo por lo que se es, en cuanto
Iglesia que vive profundamente la unidad en el amor, antes de serlo
por lo que se dice o se hace.
Por tanto, los cuatro evangelios, en la unidad
fundamental de la misma misión, testimonian un cierto pluralismo que
refleja experiencias y situaciones diversas de las primeras
comunidades cristianas; este pluralismo es también fruto del empuje
dinámico del mismo Espíritu; invita a estar atentos a los diversos
carismas misioneros y a las distintas condiciones ambientales y
humanas. Sin embargo, todos los evangelistas subrayan que la misión de
los discípulos es colaboración con la de Cristo: « Sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28,
20) La misión, por consiguiente , no se basa en las capacidades
humanas, sino en el poder del Resucitado.
El Espíritu guía la misión
24. La misión de la Iglesia, al igual que la de
Jesús, es obra de Dios o, como dice a menudo Lucas, obra del Espíritu.
Después de la resurrección y ascensión de Jesús, los Apóstoles viven
una profunda experiencia que los transforma: Pentecostés. La venida
del Espíritu Santo los convierte en testigos o profetas (cf.
Act 1, 8; 2, 17-18), infundiéndoles una serena audacia que les
impulsa a transmitir a los demás su experiencia de Jesús y la
esperanza que los anima. El Espíritu les da la capacidad de
testimoniar a Jesús con « toda libertad ».33
Cuando los evangelizadores salen de Jerusalén, el
Espíritu asume aún más la función de « guía » tanto en la elección de
las personas como de los caminos de la misión. Su acción se manifiesta
de modo especial en el impulso dado a la misión que de hecho, según
palabras de Cristo, se extiende desde Jerusalén a toda Judea y
Samaria, hasta los últimos confines de la tierra.
Los Hechos recogen seis síntesis de los «
discursos misioneros » dirigidos a los judíos el los comienzos de la
Iglesia (cf. Act 2, 22-39; 3, 12-26; 4, 9-12; 5, 29-32; 10,
34-43; 13, 16-41). Estos discursos-modelo, pronunciados por Pedro y
por Pablo, anuncian a Jesús e invitan a la « conversión », es decir, a
acoger a Jesús por la fe y a dejarse transformar en él por el
Espíritu.
Pablo y Bernabé se sienten empujados por el
Espíritu hacia los paganos (cf. Act 13 46-48), lo cual no
sucede sin tensiones y problemas. ¿Cómo deben vivir su fe en Jesús los
gentiles convertidos? ¿Están ellos vinculados a las tradiciones judías
y a la ley de la circuncisión? En el primer Concilio, que reúne en
Jerusalén a miembros de diversas Iglesias alrededor de los Apóstoles,
se toma una decisión reconocida como proveniente del Espíritu: para
hacerse cristiano no es necesario que un gentil se someta a la ley
judía (cf. Act 15, 5-11.28). Desde aquel momento la Iglesia
abre sus puertas y se convierte en la casa donde todos pueden entrar y
sentirse a gusto, conservando la propia cultura y las propias
tradiciones, siempre que no estén en contraste con el Evangelio.
25. Los misioneros han procedido según esta
línea, teniendo muy presentes las expectativas y esperanzas) las
angustias y sufrimientos la cultura de la gente para anunciar la
salvación en Cristo. Los discursos de Listra y Atenas (cf. Act
14, 11-17; 17, 22-31) son considerados como modelos para la
evangelización de los paganos. En ellos Pablo « entra en diálogo » con
los valores culturales y religiosos de los diversos pueblos. A los
habitantes de Licaonia, que practicaban una religión de tipo cósmico,
les recuerda experiencias religiosas que se refieren al cosmos; con
los griegos discute sobre filosofía y cita a sus poetas (cf. Act
17, 18.26-28). El Dios al que quiere revelar está ya presente en
su vida; es él, en efecto, quien los ha creado y el que dirige
misteriosamente los pueblos y la historia. Sin embargo, para reconocer
al Dios verdadero, es necesario que abandonen los falsos dioses que
ellos mismos han fabricado y abrirse a aquel a quien Dios ha enviado
para colmar su ignorancia y satisfacer la espera de sus corazones (cf.
Act 17, 27-30). Son discursos que ofrecen un ejemplo de
inculturación del Evangelio.
Bajo la acción del Espíritu, la fe cristiana se
abre decisivamente a las a gentes » y el testimonio de Cristo se
extiende a los centros más importantes del Mediterráneo oriental para
llegar posteriormente a Roma y al extremo occidente. Es el Espíritu
quien impulsa a ir cada vez mas lejos, no sólo en sentido geográfico,
sino también más allá de las barreras étnicas y religiosas, para una
misión verdaderamente universal.
El Espíritu hace misionera a toda la
Iglesia
26. El Espíritu mueve al grupo de los creyentes a
« hacer comunidad », a ser Iglesia. Tras el primer anuncio de Pedro,
el día de Pentecostés, y las conversiones que se dieron a
continuación, se forma la primera comunidad (cf. Act 2, 42-47;
4, 32-35).
En efecto, uno de los objetivos centrales de la
misión es reunir al pueblo para la escucha del Evangelio, en la
comunión fraterna, en la oración y la Eucaristía. Vivir « la comunión
fraterna » (koinonía) significa tener « un solo corazón y una sola
alma » (Act 4, 32), instaurando una comunión bajo todos los
aspectos: humano, espiritual y material. De hecho, la verdadera
comunidad cristiana, se compromete también a distribuir los bienes
terrenos para que no haya indigentes y todos puedan tener acceso a los
bienes « según su necesidad » (Act 2, 45; 4, 35). Las primeras
comunidades, en las que reinaba « la alegría y sencillez de corazón »
(Act 2, 46) eran dinámicamente abiertas y misioneras y «
gozaban de la simpatía de todo el pueblo » (Act 2, 47). Aun
antes de ser acción, la misión es testimonio e irradiación.34
27. Los Hechos indican que la misión,
dirigida primero a Israel y luego a las gentes, se desarrolla a muchos
niveles. Ante todo, existe el grupo de los Doce que, como un único
cuerpo guiado por Pedro, proclama la Buena Nueva. Está luego la
comunidad de los creyentes que, con su modo de vivir y actuar, da
testimonio del Señor y convierte a los paganos (cf. Act 2,
46-47). Están también los enviados especiales, destinados a anunciar
el Evangelio. Y así, la comunidad cristiana de Antioquía envía sus
miembros a misionar: después de haber ayunado, rezado y celebrado la
Eucaristía, esta comunidad percibe que el Espíritu Santo ha elegido a
Pablo y Bernabé para ser enviados (cf. Act 13, 1-4). En sus
orígenes, por tanto, la misión es considerada como un compromiso
comunitario y una responsabilidad de la Iglesia local, que tiene
necesidad precisamente de « misioneros » para lanzarse hacia nuevas
fronteras. Junto a aquellos enviados había otros que atestiguaban
espontáneamente la novedad que había transformado sus vidas y luego
ponían en conexión las comunidades en formación con la Iglesia
apostólica.
La lectura de los Hechos nos hace entender
que, al comienzo de la Iglesia, la misión ad gentes, aun
contando ya con misioneros « de por vida », entregados a ella por una
vocación especial, de hecho era considerada como un fruto normal de la
vida cristiana, un compromiso para todo creyente mediante el
testimonio personal y el anuncio explícito, cuando era posible.
El Espíritu está presente operante en todo
tiempo y lugar
28. El Espíritu se manifiesta de modo particular
en la Iglesia y en sus miembros; sin embargo, su presencia y acción
son universales, sin límite alguno ni de espacio ni de tiempo.35
El Concilio Vaticano II recuerda la acción del Espíritu en el corazón
del hombre, mediante las « semillas de la Palabra », incluso en las
iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana
encaminados a la verdad, al bien y a Dios.36
El Espíritu ofrece al hombre « su luz y su fuerza
... a fin de que pueda responder a su máxima vocación »; mediante el
Espíritu « el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el
misterio del plan divino »; más aún, « debemos creer que el Espíritu
Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma que sólo Dios
conoce, se asocien a este misterio pascual ».37
En todo caso, la Iglesia « sabe también que el hombre, atraído sin
cesar por el Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo indiferente
ante el problema religioso » y « siempre deseará ... saber, al menos
confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su muerte ».38
El Espíritu, pues, está en el origen mismo de la pregunta existencial
y religiosa del hombre, la cual surge no sólo de situaciones
contingentes, sino de la estructura misma de su ser.39
La presencia y la actividad del Espíritu no
afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la
historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones. En efecto,
el Espíritu se halla en el origen de los nobles ideales y de las
iniciativas de bien de la humanidad en camino; « con admirable
providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra
».40
Cristo resucitado « obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón
del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino
también, por eso mismo, alentando, purificando y corroborando los
generosos propósitos con que la familia humana intenta hacer más
llevadera su vida y someter la tierra a este fin ».41
Es también el Espíritu quien esparce « las semillas de la Palabra »
presentes en los ritos y culturas, y los prepara para su madurez en
Cristo.42
29. Así el Espíritu que « sopla donde quiere » (Jn
3, 8) y « obraba ya en el mundo aun antes de que Cristo fuera
glorificado »,43
que « llena el mundo y todo lo mantiene unido, que sabe todo cuanto se
habla » (Sab 1, 7), nos lleva a abrir más nuestra mirada para
considerar su acción presente en todo tiempo y lugar.44
Es una llamada que yo mismo he hecho repetidamente y que me ha guiado
en mis encuentros con los pueblos más diversos. La relación de la
Iglesia con las demás religiones está guiada por un doble respeto: «
Respeto por el hombre en su búsqueda de respuesta a las preguntas más
profundas de la vida, y respeto por la acción del Espíritu en el
hombre ».45
El encuentro interreligioso de Asís, excluida toda interpretación
equívoca, ha querido reafirmar mi convicción de que « toda auténtica
plegaria está movida por el Espíritu Santo, que está presente
misteriosamente en el corazón de cada persona.46
Este Espíritu es el mismo que se ha hecho
presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús
y que actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a
Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por
hipótesis que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu
obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las
culturas y religiones tiene un papel de preparación evangélica,47
y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del
Espíritu, « para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara
todas las cosas ».48
La acción universal del Espíritu no hay que
separarla tampoco de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de
Cristo que es la Iglesia. En efecto, es siempre el Espíritu quien
actúa, ya sea cuando vivifica la Iglesia y la impulsa a anunciar a
Cristo, ya sea cuando siembra y desarrolla sus dones en todos los
hombres y pueblos, guiando a la Iglesia a descubrirlos, promoverlos y
recibirlos mediante el diálogo. Toda clase de presencia del Espíritu
ha de ser acogida con estima y gratitud; pero el discernirla compete a
la Iglesia, a la cual Cristo ha dado su Espíritu para guiarla hasta la
verdad completa (cf. Jn 16, 13).
La actividad misionera está aún en sus
comienzos
30. Nuestra época, con la humanidad en movimiento
y búsqueda, exige un nuevo impulso en la actividad misionera de la
Iglesia. Los horizontes y las posibilidades de la misión se
ensanchan, y nosotros los cristianos estamos llamados a la valentía
apostólica, basada en la confianza en el Espíritu ¡El es el
protagonista de la misión!
En la historia de la humanidad son numerosos los
cambios periódicos que favorecen el dinamismo misionero. La Iglesia,
guiada por el Espíritu, ha respondido siempre a ellos con generosidad
y previsión. Los frutos no han faltado. Hace poco se ha celebrado el
milenario de la evangelización de la Rus' y de los pueblos eslavos y
se está acercando la celebración del V Centenario de la evangelización
de América. Asimismo se han conmemorado recientemente los centenarios
de las primeras misiones en diversos Países de Asia, África y Oceanía.
Hoy la Iglesia debe afrontar otros desafíos, proyectándose hacia
nuevas fronteras, tanto en la primera misión ad gentes, como en
la nueva evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio de
Cristo. Hoy se pide a todos los cristianos, a las Iglesias
particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que movió a
los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la
voz del Espíritu.
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CAPÍTULO IV - LOS INMENSOS HORIZONTES DE LA MISIÓN AD GENTES
31. El Señor Jesús envió a sus Apóstoles a todas
las personas y pueblos, y a todos los lugares de la tierra. Por medio
de los Apóstoles la Iglesia recibió una misión universal, que no
conoce confines y concierne a la salvación en toda su integridad, de
conformidad con la plenitud de vida que Cristo vino a traer (cf. Jn
10,10); ha sido enviada « para manifestar y comunicar la caridad
de Dios a todos los hombres y pueblos ».49
Esta misión es única, al tener el mismo origen y
finalidad; pero en el interior de la Iglesia hay tareas y actividades
diversas. Ante todo, se da la actividad misionera que vamos a llamar
misión ad gentes, con referencia al Decreto conciliar: se trata
de una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida.
En efecto, la Iglesia « no puede sustraerse a la perenne misión de
llevar el Evangelio a cuantos —y son millones de hombres y
mujeres— no conocen todavía a Cristo Redentor del hombre. Esta es la
responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y
diariamente vuelve a confiar a su Iglesia ».50
Un marco religioso, complejo y en
movimiento
32. Hoy nos encontramos ante una situación
religiosa bastante diversificada y cambiante; los pueblos están en
movimiento; realidades sociales y religiosas, que tiempo atrás eran
claras y definidas, hoy día se transforman en situaciones complejas.
Baste pensar en algunos fenómenos, como el urbanismo, las migraciones
masivas, el movimiento de prófugos, la descristianización de países de
antigua cristiandad, el influjo pujante del Evangelio y de sus valores
en naciones de grandísima mayoría no cristiana, el pulular de
mesianismos y sectas religiosas. Es un trastocamiento tal de
situaciones religiosas y sociales, que resulta difícil aplicar
concretamente determinadas distinciones y categorías eclesiales a las
que ya estábamos acostumbrados. Antes del Concilio ya se decía de
algunas metrópolis o tierras cristianas que se habían convertido en «
países de misión »; ciertamente la situación no ha mejorado en los
años sucesivos.
Por otra parte, la actividad misionera ha dado ya
abundantes frutos en todas las partes del mundo, debido a lo cual hay
ya Iglesias establecidas, a veces tan sólidas y maduras que proveen
adecuadamente a las necesidades de las propias comunidades y envían
también personal para la evangelización a otras Iglesias y
territorios. Surge de aquí el contraste con áreas de antigua
cristiandad, que es necesario reevangelizar. Tanto es así que algunos
se preguntan si aún se puede hablar de actividad misionera
específica o de ámbitos precisos de la misma, o más bien se debe
admitir que existe una situación misionera única, no habiendo
en consecuencia más que una sola misión, igual por todas partes. La
dificultad de interpretar esta realidad compleja y mudable respecto al
mandato de evangelización, se manifiesta ya en el mismo « vocabulario
misionero »; por ejemplo, existe una cierta duda en usar los términos
« misiones » y « misioneros », por considerarlos superados y cargados
de resonancias históricas negativas. Se prefiere emplear el
substantivo « misión » en singular y el adjetivo « misionero », para
calificar toda actividad de la Iglesia.
Tal entorpecimiento esta indicando un cambio real
que tiene aspectos positivos. La llamada vuelta o « repatriación » de
las misiones a la misión de la Iglesia, la confluencia
de la misionología en la eclesiología y la inserción de
ambas en el designio trinitario de salvación, han dado un nuevo
respiro a la misma actividad misionera, concebida no ya como una tarea
al margen de la Iglesia, sino inserta en el centro de su vida, como
compromiso básico de todo el Pueblo de Dios. Hay que precaverse, sin
embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy distintas y de
reducir, si no hacer desaparecer, la misión y los misioneros ad
gentes. Afirmar que toda la Iglesia es misionera no excluye que
haya una específica misión ad gentes; al igual que decir que
todos los católicos deben ser misioneros, no excluye que haya «
misioneros ad gentes y de por vida », por vocación
específica.
La misión « ad gentes » conserva su valor
33. Las diferencias en cuanto a la actividad
dentro de esta misión de la Iglesia, nacen no de razones
intrínsecas a la misión misma, sino de las diversas circunstancias en
las que ésta se desarrolla.51
Mirando al mundo actual, desde el punto de vista de la evangelización,
se pueden distinguir tres situaciones.
En primer lugar, aquella a la cual se dirige la
actividad misionera de la Iglesia: pueblos, grupos humanos, contextos
socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde
faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder
encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos. Esta
es propiamente la misión ad gentes.52
Hay también comunidades cristianas con
estructuras eclesiales adecuadas y sólidas; tienen un gran fervor de
fe y de vida; irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y
sienten el compromiso de la misión universal. En ellas se desarrolla
la actividad o atención pastoral de la Iglesia.
Se da, por último, una situación intermedia,
especialmente en los países de antigua cristiandad, pero a veces
también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de
bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se
reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia
alejada de Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una «
nueva evangelización » o « reevangelización ».
34. La actividad misionera específica, o misión
ad gentes, tiene como destinatarios « a los pueblos o grupos
humanos que todavía no creen en Cristo », « a los que están alejados
de Cristo », entre los cuales la Iglesia « no ha arraigado todavía »,53
y cuya cultura no ha sido influenciada aún por el Evangelio.54
Esta actividad se distingue de las demás actividades eclesiales,
porque se dirige a grupos y ambientes no cristianos, debido a la
ausencia o insuficiencia del anuncio evangélico y de la presencia
eclesial. Por tanto, se caracteriza como tarea de anunciar a Cristo y
a su Evangelio, de edificación de la Iglesia local, de promoción de
los valores del Reino. La peculiaridad de esta misión ad gentes
está en el hecho de que se dirige a los « no cristianos ». Por tanto,
hay que evitar que esta « responsabilidad más específicamente
misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su
Iglesia »,55
se vuelva una flaca realidad dentro de la misión global del Pueblo de
Dios y, consiguientemente, descuidada u olvidada.
Por lo demás, no es fácil definir los confines
entre atención pastoral a los fieles, nueva evangelización y
actividad misionera específica, y no es pensable crear entre ellos
barreras o recintos estancados. No obstante, es necesario mantener
viva la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas Iglesias
en los pueblos y grupos humanos donde no existen, porque ésta es la
tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los
pueblos, hasta los confines dela tierra. Sin la misión ad gentes,
la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su
significado fundamental y de su actuación ejemplar.
Hay que subrayar, además, una real y creciente
interdependencia entre las diversas actividades salvíficas de la
Iglesia: cada una influye en la otra, la estimula y la ayuda. El
dinamismo misionero crea intercambio entre las Iglesias y las orienta
hacia el mundo exterior, influyendo positivamente en todos los
sentidos. Las Iglesias de antigua cristiandad, por ejemplo, ante la
dramática tarea de la nueva evangelización, comprenden mejor que no
pueden ser misioneras respecto a los no cristianos de otros países o
continentes, si antes no se preocupan seriamente de los no cristianos
en su propia casa. La misión ad intra es signo creíble y
estímulo para la misión ad extra, y viceversa.
A todos los pueblos, no obstante las
dificultades
35. La misión ad gentes tiene ante sí una
tarea inmensa que de ningún modo está en vías de extinción. Al
contrario, bien sea bajo el punto de vista numérico por el aumento
demográfico, o bien bajo el punto de vista sociocultural por el surgir
de nuevas relaciones, comunicaciones y cambios de situaciones, parece
destinada hacia horizontes todavía más amplios. La tarea de anunciar a
Jesucristo a todos los pueblos se presenta inmensa y desproporcionada
respecto a las fuerzas humanas de la Iglesia.
Las dificultades parecen insuperables y
podrían desanimar, si se tratara de una obra meramente humana. En
algunos países está prohibida la entrada de misioneros; en otros, está
prohibida no sólo la evangelización, sino también la conversión e
incluso el culto cristiano. En otros lugares los obstáculos son de
tipo cultural: la transmisión del mensaje evangélico resulta
insignificante o incomprensible, y la conversión está considerada como
un abandono del propio pueblo y cultura.
36. No faltan tampoco dificultades internas
al Pueblo de Dios, las cuales son ciertamente las más dolorosas.
Mi predecesor Pablo VI señalaba, en primer lugar, « la falta de
fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de
fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al
ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y de
esperanza ».56
Grandes obstáculos para la actividad misionera de la Iglesia son
también las divisiones pasadas y presentes entre los cristianos,57
la descristianización de países cristianos, la disminución de las
vocaciones al apostolado, los antitestimonios de fieles que en su vida
no siguen el ejemplo de Cristo. Pero una de las razones más graves del
escaso interés por el compromiso misionero es la mentalidad
indiferentista, ampliamente difundida, por desgracia, incluso entre
los cristianos, enraizada a menudo en concepciones teológicas no
correctas y marcada por un relativismo religioso que termina por
pensar que « una religión vale la otra ». Podemos añadir —como decía
el mismo Pontífice— que no faltan tampoco « pretextos que parecen
oponerse a la evangelización. Los más insidiosos son ciertamente
aquellos para cuya justificación se quieren emplear ciertas enseñanzas
del Concilio ».58
A este respecto, recomiendo vivamente a los
teólogos y a los profesionales de la prensa cristiana que
intensifiquen su propio servicio a la misión, para encontrar el
sentido profundo de su importante labor, siguiendo la recta vía del
sentire cum Ecclesia.
Las dificultades internas y externas no deben
hacernos pesimistas o inactivos. Lo que cuenta —aquí como en todo
sector de la vida cristiana— es la confianza que brota de la fe, o
sea, de la certeza de que no somos nosotros los protagonistas de la
misión , sino Jesucristo y su Espíritu. Nosotros únicamente somos
colaboradores y, cuando hayamos hecho todo lo que hemos podido,
debemos decir: « Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos
hacer » (Lc 17, 10).
Ámbitos de la misión « ad gentes »
37. La misión ad gentes en virtud del
mandato universal de Cristo no conoce confines. Sin embargo, se pueden
delinear varios ámbitos en los que se realiza, de modo que se pueda
tener una visión real de la situación.
a) Ámbitos territoriales.
La actividad misionera ha sido definida
normalmente en relación con territorios concretos. El Concilio
Vaticano II ha reconocido la dimensión territorial de la misión ad
gentes,59
que también hoy es importante, en orden a determinar
responsabilidades, competencias y límites geográficos de acción. Es
verdad que a una misión universal debe corresponder una perspectiva
universal. En efecto, la Iglesia no puede aceptar que límites
geográficos o dificultades de índole política sean obstáculo para su
presencia misionera. Pero también es verdad que la actividad misionera
ad gentes, al ser diferente de la atención pastoral a los
fieles y de la nueva evangelización de los no practicantes, se ejerce
en territorios y entre grupos humanos bien definidos.
El multiplicarse de las jóvenes Iglesias en
tiempos recientes no debe crear ilusiones. En los territorios
confiados a estas Iglesias, especialmente en Asia, pero también en
África, América Latina y Oceanía, hay vastas zonas sin evangelizar; a
pueblos enteros y áreas culturales de gran importancia en no pocas
naciones no ha llegado aún el anuncio evangélico y la presencia de la
Iglesia local.60
Incluso en países tradicionalmente cristianos hay regiones confiadas
al régimen especial de la misión ad gentes grupos y áreas no
evangelizadas. Se impone pues, incluso en estos países, no sólo una
nueva evangelización sino también, en algunos casos, una primera
evangelización.61
Las situaciones, con todo, no son homogéneas. Aun
reconociendo que las afirmaciones sobre la responsabilidad misionera
de la Iglesia no son creíbles, si no están respaldadas por un serio
esfuerzo de nueva evangelización en los países de antigua cristiandad,
no parece justo equiparar la situación de un pueblo que no ha conocido
nunca a Jesucristo con la de otro que lo ha conocido, lo ha aceptado y
después lo ha rechazado, aunque haya seguido viviendo en una cultura
que ha asimilado en gran parte los principios y valores evangélicos.
Con respecto a la fe, son dos situaciones sustancialmente distintas.
De ahí que, el criterio geográfico, aunque no muy preciso y siempre
provisional, sigue siendo válido todavía para indicar las fronteras
hacia las que debe dirigirse la actividad misionera. Hay países, áreas
geográficas y culturales en que faltan comunidades cristianas
autóctonas; en otros lugares éstas son tan pequeñas, que no son un
signo claro de la presencia cristiana; o bien estas comunidades
carecen de dinamismo para evangelizar su sociedad o pertenecen a
poblaciones minoritarias, no insertadas en la cultura nacional
dominante. En el Continente asiático, en particular, hacia el que
debería orientarse principalmente la misión ad gentes, los
cristianos son una pequeña minoría, por más que a veces se den
movimientos significativos de conversión y modos ejemplares de
presencia cristiana.
b) Mundos y fenómenos sociales nuevos.
Las rápidas y profundas transformaciones que
caracterizan el mundo actual, en particular el Sur, influyen
grandemente en el campo misionero: donde antes existían situaciones
humanas y sociales estables, hoy día todo está cambiado. Piénsese, por
ejemplo, en la urbanización y en el incremento masivo de las ciudades,
sobre todo donde es más fuerte la presión demográfica. Ahora mismo, en
no pocos países, más de la mitad de la población vive en algunas
megalópolis, donde los problemas humanos a menudo se agravan incluso
por el anonimato en que se ven sumergidas las masas humanas.
En los tiempos modernos la actividad misionera se
ha desarrollado sobre todo en regiones aisladas, distantes de los
centros civilizados e inaccesibles por la dificultades de
comunicación, de lengua y de clima. Hoy la imagen de la misión ad
gentes quizá está cambiando: lugares privilegiados deberían ser
las grandes ciudades, donde surgen nuevas costumbres y modelos de
vida, nuevas formas de cultura, que luego influyen sobre la población.
Es verdad que la « opción por los últimos » debe llevar a no olvidar
los grupos humanos más marginados y aislados, pero también es verdad
que no se pueden evangelizar las personas o los pequeños grupos
descuidando, por así decir, los centros donde nace una humanidad nueva
con nuevos modelos de desarrollo. El futuro de las jóvenes naciones se
está formando en las ciudades.
Hablando del futuro no se puede olvidar a los
jóvenes, que en numerosos países representan ya más de la mitad de la
población. ¿Cómo hacer llegar el mensaje de Cristo a los jóvenes no
cristianos, que son el futuro de Continentes enteros? Evidentemente ya
no bastan los medios ordinarios de la pastoral; hacen falta
asociaciones e instituciones, grupos y centros apropiados, iniciativas
culturales y sociales para los jóvenes. He ahí un campo en el que los
movimientos eclesiales modernos tienen amplio espacio para trabajar
con empeño.
Entre los grandes cambios del mundo
contemporáneo, las migraciones han producido un fenómeno nuevo: los no
cristianos llegan en gran número a los países de antigua cristiandad,
creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios culturales, lo
cual exige a la Iglesia la acogida, el diálogo, la ayuda y, en una
palabra, la fraternidad. Entre los emigrantes, los refugiados ocupan
un lugar destacado y merecen la máxima atención. Estos son ya muchos
millones en el mundo y no cesan de aumentar; han huido de condiciones
de opresión política y de miseria inhumana, de carestías y sequías de
dimensiones catastróficas. La Iglesia debe acogerlos en el ámbito de
su solicitud apostólica.
Finalmente, se deben recordar las situaciones de
pobreza, a menudo intolerable, que se dan en no pocos países y que,
con frecuencia, son el origen de las migraciones de masa. La comunidad
de los creyentes en Cristo se ve interpelada por estas situaciones
inhumanas: el anuncio de Cristo y del Reino de Dios debe llegar a ser
instrumento de rescate humano para estas poblaciones.
c) Áreas culturales o areópagos modernos.
Pablo, después de haber predicado en numerosos
lugares, una vez llegado a Atenas se dirige al areópago donde anuncia
el Evangelio usando un lenguaje adecuado y comprensible en aquel
ambiente (cf. Act 17, 22-31). El areópago representaba entonces
el centro de la cultura del docto pueblo ateniense, y hoy puede ser
tomado como símbolo de los nuevos ambientes donde debe proclamarse el
Evangelio.
El primer areópago del tiempo moderno es el
mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y
transformándola —como suele decirse— en una « aldea global ». Los
medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que para
muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de
orientación e inspiración para los comportamientos individuales,
familiares y sociales. Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en
un mundo condicionado por estos medios. Quizás se ha descuidado un
poco este areópago: generalmente se privilegian otros instrumentos
para el anuncio evangélico y para la formación cristiana, mientras los
medios de comunicación social se dejan a la iniciativa de individuos o
de pequeños grupos, y entran en la programación pastoral sólo a nivel
secundario. El trabajo en estos medios, sin embargo, no tiene
solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de un hecho
más profundo, porque la evangelización misma de la cultura moderna
depende en gran parte de su influjo. No basta, pues, usarlos para
difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que
conviene integrar el mensaje mismo en esta « nueva cultura » creada
por la comunicación moderna. Es un problema complejo, ya que esta
cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que
existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas
técnicas, nuevos comportamientos sicológicos. Mi predecesor Pablo VI
decía que: « la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna
el drama de nuestro tiempo »;62
y el campo de la comunicación actual confirma plenamente este juicio.
Existen otros muchos areópagos del mundo moderno
hacia los cuales debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia.
Por ejemplo, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación
de los pueblos; los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo
los de las minorías; la promoción de la mujer y del niño; la
salvaguardia de la creación, son otros tantos sectores que han de ser
iluminados con la luz del Evangelio.
Hay que recordar, además, el vastísimo areópago
de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones
internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos proyectos
de vida. Conviene estar atentos y comprometidos con estas instancias
modernas. Los hombres se sienten como navegantes en el mar tempestuoso
de la vida, llamados siempre a una mayor unidad y solidaridad: las
soluciones a los problemas existenciales deben ser estudiadas,
discutidas y experimentadas con la colaboración de todos. Por esto los
organismos y encuentros internacionales se demuestran cada vez más
importantes en muchos sectores de la vida humana, desde la cultura a
la política, desde la economía a la investigación. Los cristianos, que
viven y trabajan en esta dimensión internacional, deben recordar
siempre su deber de dar testimonio del Evangelio.
38. Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo
fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir
detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el
materialismo consumístico, por otro, manifiestan la angustiosa
búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad , el deseo de
aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración. No sólo
en las culturas impregnadas de religiosidad, sino también en las
sociedades secularizadas, se busca la dimensión espiritual de la vida
como antídoto a la deshumanización. Este fenómeno así llamado del «
retorno religioso » no carece de ambigüedad, pero también encierra una
invitación. La Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual para
ofrecer a la humanidad: en Cristo, que se proclama « el Camino, la
Verdad y la Vida » (Jn 14, 6).Es la vía cristiana para el
encuentro con Dios, para la oración, la ascesis, el descubrimiento del
sentido de la vida. También éste es un areópago que hay que
evangelizar.
Fidelidad a Cristo y promoción de la
libertad del hombre
39. Todas las formas de la actividad misionera
están marcadas por la conciencia de promover la libertad del hombre,
anunciándole a Jesucristo. La Iglesia debe ser fiel a Cristo, del cual
es el Cuerpo y continuadora de su misión. Es necesario que ella camine
« por el mismo sendero que Cristo; es decir, por el sendero de la
pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación propia hasta la
muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección ».63
La Iglesia, pues, tiene el deber de hacer todo lo posible para
desarrollar su misión en el mundo y llegar a todos los pueblos; tiene
también el derecho que le ha dado Dios para realizar su plan. La
libertad religiosa, a veces todavía limitada o coartada, es la premisa
y la garantía de todas las libertades que aseguran el bien común de
las personas y de los pueblos. Es de desear que la auténtica libertad
religiosa sea concedida a todos en todo lugar; ya con este fin la
Iglesia despliega su labor en los diferentes países, especialmente en
los de mayoría católica, donde tiene un mayor peso. No se trata de un
problema de religión de mayoría o de minoría, sino más bien de un
derecho inalienable de toda persona humana.
Por otra parte, la Iglesia se dirige al hombre en
el pleno respeto de su libertad.64
La misión no coarta la libertad, sino más bien la favorece. La
Iglesia propone, no impone nada: respeta las personas y las
culturas, y se detiene ante el sagrario de la conciencia. A quienes se
oponen con los pretextos más variados a la actividad misionera de la
Iglesia; ella va repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!
Me dirijo a todas las Iglesias particulares,
jóvenes y antiguas. El mundo va unificándose cada vez más, el espíritu
evangélico debe llevar a la superación de las barreras culturales y
nacionalísticas, evitando toda cerrazón. Benedicto XV ya amonestaba a
los misioneros de su tiempo a que, si acaso « se olvidaban de la
propia dignidad, pensasen en su patria terrestre más que en la del
cielo ».65
La misma amonestación vale hoy para las Iglesias particulares: ¡Abrid
las puertas a los misioneros!, ya que « una Iglesia particular que se
desgajara voluntariamente de la Iglesia universal perdería su
referencia al designio de Dios y se empobrecería en su dimensión
eclesial ».66
Dirigir la atención hacia el Sur y hacia el
Oriente
40. La actividad misionera representa aún hoy día
el mayor desafío para la Iglesia. Mientras se aproxima el final del
segundo milenio de la Redención, es cada vez más evidente que las
gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de Cristo son la
mayoría de la humanidad. EL balance de la actividad misionera en los
tiempos modernos es ciertamente positivo: la Iglesia ha sido fundada
en todos los Continentes; es más, hoy la mayoría de los fieles y de
las Iglesias particulares ya no están en la vieja Europa sino en los
Continentes que los misioneros han abierto a la fe.
Sin embargo, se da el caso de que « los confines
de la tierra », a los que debe llegar el Evangelio, se alejan cada vez
más, y la sentencia de Tertuliano, según la cual « el Evangelio ha
sido anunciado en toda la tierra y a todos los pueblos »
67
está muy lejos de su realización concreta: la misión ad gentes
está todavía en los comienzos. Nuevos pueblos comparecen en la
escena mundial y también ellos tienen el derecho a recibir el anuncio
de la salvación. El crecimiento demográfico del Sur y de Oriente, en
países no cristianos, hace aumentar continuamente el número de
personas que ignoran la redención de Cristo.
Hay que dirigir, pues, la atención misionera
hacia aquellas áreas geográficas y aquellos ambientes culturales que
han quedado fuera del influjo evangélico. Todos los creyentes en
Cristo deben sentir como parte integrante de su fe la solicitud
apostólica de transmitir a otros su alegría y su luz. Esta solicitud
debe convertirse, por así decirlo, en hambre y sed de dar a conocer al
Señor, cuando se mira abiertamente hacia los inmensos horizontes del
mundo no cristiano.
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CAPÍTULO V - LOS CAMINOS DE LA MISIÓN
41. « La actividad misionera es, en última
instancia, la manifestación del propósito de Dios, o epifanía, y su
realización en el mundo y en la historia, en la que Dios, por medio de
la misión, perfecciona abiertamente la historia de la salvación ».68
¿Qué camino sigue la Iglesia para conseguir este resultado?
La misión es una realidad unitaria, pero
compleja, y se desarrolla de diversas maneras, entre las cuales
algunas son de particular importancia en la presente situación de la
Iglesia y del mundo.
La primera forma de evangelización es el
testimonio
42. El hombre contemporáneo cree más a los
testigos que a los maestros;69
cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos
que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e
insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos
continuadores, es el « Testigo » por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el
modelo del testimonio cristiano. El Espíritu Santo acompaña el camino
de la Iglesia y la asocia al testimonio que él da de Cristo (cf. Jn
15, 26-27).
La primera forma de testimonio es la vida
misma del misionero, la de la familia cristiana y de la comunidad
eclesial, que hace visible un nuevo modo de comportarse. El
misionero que, aun con todos los límites y defectos humanos, vive con
sencillez según el modelo de Cristo, es un signo de Dios y de las
realidades trascendentales. Pero todos en la Iglesia, esforzándose por
imitar al divino Maestro, pueden y deben dar este testimonio,70
que en muchos casos es el único modo posible de ser misioneros.
El testimonio evangélico, al que el mundo es más
sensible, es el de la atención a las personas y el de la caridad para
con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de
esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el
egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que
orientan hacia Dios y el Evangelio. Incluso el trabajar por la paz, la
justicia, los derechos del hombre, la promoción humana, es un
testimonio del Evangelio, si es un signo de atención a las personas y
está ordenado al desarrollo integral del hombre.71
43. EL cristiano y las comunidades cristianas
viven profundamente insertados en la vida de sus pueblos respectivos y
son signo del Evangelio incluso por la fidelidad a su patria, a su
pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la libertad que Cristo
ha traído. El cristianismo está abierto a la fraternidad universal,
porque todos los hombres son hijos del mismo Padre y hermanos en
Cristo.
La Iglesia está llamada a dar su testimonio de
Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas ante la corrupción
del poder político o económico; no buscando la gloria o bienes
materiales; usando sus bienes para el servicio de los más pobres e
imitando la sencillez de vida de Cristo. La Iglesia y los misioneros
deben dar también testimonio de humildad, ante todo en sí mismos, lo
cual se traduce en la capacidad de un examen de conciencia, a nivel
personal y comunitario, para corregir en los propios comportamientos
lo que es antievangélico y desfigura el rostro de Cristo.
El primer anuncio de Cristo Salvador
44. EL anuncio tiene la prioridad permanente en
la misión: la Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de
Cristo; no puede privar a los hombres de la « Buena Nueva » de que son
amados y salvados por Dios. « La evangelización también debe contener
siempre —como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo— una
clara proclamación de que en Jesucristo, se ofrece la salvación a
todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios
».72
Todas las formas de la actividad misionera están orientadas hacia esta
proclamación que revela e introduce el misterio escondido en los
siglos y revelado en Cristo (cf. Ef 3, 3-9; Col 1,
25-29), el cual es el centro de la misión y de la vida de la Iglesia,
como base de toda la evangelización.
En la compleja realidad de la misión, el primer
anuncio tiene una función central e insustituible, porque introduce «
en el misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una
comunicación personal con él en Cristo »73
y abre la vía para la conversión. La fe nace del anuncio, y toda
comunidad eclesial tiene su origen y vida en la respuesta de cada fiel
a este anuncio.74
Como la economía salvífica está centrada en Cristo, así la actividad
misionera tiende a la proclamación de su misterio.
EL anuncio tiene por objeto a Cristo crucificado,
muerto y resucitado: en él se realiza la plena y auténtica liberación
del mal, del pecado y de la muerte; por él, Dios da la « nueva vida »,
divina y eterna. Esta es la « Buena Nueva » que cambia al hombre y la
historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a
conocer. Este anuncio se hace en el contexto de la vida del hombre y
de los pueblos que lo reciben. Debe hacerse además con una actitud de
amor y de estima hacia quien escucha, con un lenguaje concreto y
adaptado a las circunstancias. En este anuncio el Espíritu actúa e
instaura una comunión entre el misionero y los oyentes, posible en la
medida en que uno y otros entran en comunión, por Cristo, con el
Padre.75
45. Al hacerse en unión con toda la comunidad
eclesial, el anuncio nunca es un hecho personal. El misionero está
presente y actúa en virtud de un mandato recibido y, aunque se
encuentre solo , está unido por vínculos invisibles, pero profundos, a
la actividad evangelizadora de toda la Iglesia.76
Los oyentes, pronto o más tarde, vislumbran a través de él la
comunidad que lo ha enviado y lo sostiene.
El anuncio está animado por la fe, que suscita
entusiasmo y fervor en el misionero. Como ya se ha dicho, los
Hechos de los Apóstoles expresan esta actitud con la palabra
parresía, que significa hablar con franqueza y valentía; este
término se encuentra también en san Pablo: « Confiados en nuestro
Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre
frecuentes luchas » (1 Tes 2, 2). « Orando ... también por mí,
para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer
con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre
cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene » (Ef
6, 19-20).
Al anunciar a Cristo a los no cristianos, el
misionero está convencido de que existe ya en las personas y en los
pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea
inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre
el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El
entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder
a esta esperanza, de modo que el misionero no se desalienta ni desiste
de su testimonio, incluso cuando es llamado a manifestar su fe en un
ambiente hostil o indiferente. Sabe que el Espíritu del Padre habla en
él (cf. Mt 10, 17-20; Lc 12, 11-12) y puede repetir con
los Apóstoles: « Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el
Espíritu Santo » (Act 5, 32). Sabe que no anuncia una verdad
humana, sino la « Palabra de Dios », la cual tiene una fuerza
intrínseca y misteriosa (cf. Rom 1, 16).
La prueba suprema es el don de la vida, hasta
aceptar la muerte para testimoniar la fe en Jesucristo. Como siempre
en la historia cristiana, los « mártires », es decir, los testigos,
son numerosos e indispensables para el camino del Evangelio. También
en nuestra época hay muchos: obispos, sacerdotes, religiosos y
religiosas, así como laicos; a veces héroes desconocidos que dan la
vida como testimonio de la fe. Ellos son los anunciadores y los
testigos por excelencia.
Conversión y bautismo
46. El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la
conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a
Cristo y | |